Grados de conciencia
Por: Félix Londoño G., Director de Investigación y Docencia - Universidad EAFIT
Portafolio. Año 13. Número 2759. Pp. 30. 2 de agosto de 2007.
Nuestros mundos personal, familiar, empresarial, político y social, cada vez más cambiantes, reclaman nuestra vigilante alerta y nuestra plena toma de conciencia. Haciendo eco a la historia de Diógenes de Sínope: hoy más que nunca necesitamos buscar nuestro destino, a plena luz del día, llevando en nuestras manos una lámpara encendida.
Portafolio. Año 13. Número 2759. Pp. 30. 2 de agosto de 2007.
Ante un mundo cada vez más cambiante toma mayor vigencia nuestra propia conciencia sobre las facultades con las que percibimos y actuamos en ese mundo al que en ocasiones, de manera errónea, nos referimos como un mundo exterior y fragmentado. En realidad, ya sea en el ámbito interior, exterior, empresarial, social o político, no hay nada más que un único mundo, cada vez más interconectado, en el que vivimos y nos desenvolvemos. ¿Con qué grados de conciencia transitamos por este mundo?
Se habla del estado de alerta, la del vigilante que no duerme, igual que búho con ojo avizor, atento, expectante y prevenido. Es la situación de máxima atención y vigilia. Hay que estar alerta a las señales del mercado, a los movimientos de la competencia, a las nubes de polvo que ya anuncian los tornados gestados en la ya no tan distante China.
Pero no basta estar despiertos. A la detección de las señales debe seguirle su análisis y raciocinio. Debe haber en ello viveza, agudeza mental y agilidad en la respuesta. Un conocimiento reflexivo de las cosas, de los hechos y de las señales percibidas. Se requiere para ello una verdadera intelección; una efectiva toma de conciencia más allá del marasmo al que a veces conduce el estado rutinario de la vigilia. Hay en la toma de conciencia un verdadero conocer, plenas facultades mentales y discernimiento que debidamente valorado deriva finalmente en acciones.
No en vano se dice que el que está consciente tiene capacidad para percibir, pensar y actuar; obra con conciencia, o sea sabiendo lo que hace y el valor y significado de ello. En la decisión sobre las acciones que se derivan de la toma de conciencia han de considerarse por lo tanto, de manera responsable, todas sus consecuencias. Es por ello que el reconocimiento y la aceptación de una determinada conducta se denominan conciencia, haciendo referencia al sentido inherente de lo bueno y lo malo que acarrean las acciones. En últimas se trata de la conciencia ética y moral hoy día tan reclamadas.
Se habla además de conciencia colectiva, término introducido por Émile Durkheim, para describir el carácter de una sociedad particular. ¿Cómo opera este concepto en los colectivos de las empresas? ¿Cuál es el carácter, en términos de conciencia colectiva, de cada una de las empresas en las que laboramos? Es un carácter que debe proyectarse aun inclusive por fuera de sus propios muros. La conciencia colectiva empresarial requiere, hoy más que nunca, ser puntal de esas otras conciencias colectivas que desafortunadamente se desgastan en el vox pópuli. Conciencia ambiental, conciencia política y responsabilidad social, entre otras.
Se habla del estado de alerta, la del vigilante que no duerme, igual que búho con ojo avizor, atento, expectante y prevenido. Es la situación de máxima atención y vigilia. Hay que estar alerta a las señales del mercado, a los movimientos de la competencia, a las nubes de polvo que ya anuncian los tornados gestados en la ya no tan distante China.
Pero no basta estar despiertos. A la detección de las señales debe seguirle su análisis y raciocinio. Debe haber en ello viveza, agudeza mental y agilidad en la respuesta. Un conocimiento reflexivo de las cosas, de los hechos y de las señales percibidas. Se requiere para ello una verdadera intelección; una efectiva toma de conciencia más allá del marasmo al que a veces conduce el estado rutinario de la vigilia. Hay en la toma de conciencia un verdadero conocer, plenas facultades mentales y discernimiento que debidamente valorado deriva finalmente en acciones.
No en vano se dice que el que está consciente tiene capacidad para percibir, pensar y actuar; obra con conciencia, o sea sabiendo lo que hace y el valor y significado de ello. En la decisión sobre las acciones que se derivan de la toma de conciencia han de considerarse por lo tanto, de manera responsable, todas sus consecuencias. Es por ello que el reconocimiento y la aceptación de una determinada conducta se denominan conciencia, haciendo referencia al sentido inherente de lo bueno y lo malo que acarrean las acciones. En últimas se trata de la conciencia ética y moral hoy día tan reclamadas.
Se habla además de conciencia colectiva, término introducido por Émile Durkheim, para describir el carácter de una sociedad particular. ¿Cómo opera este concepto en los colectivos de las empresas? ¿Cuál es el carácter, en términos de conciencia colectiva, de cada una de las empresas en las que laboramos? Es un carácter que debe proyectarse aun inclusive por fuera de sus propios muros. La conciencia colectiva empresarial requiere, hoy más que nunca, ser puntal de esas otras conciencias colectivas que desafortunadamente se desgastan en el vox pópuli. Conciencia ambiental, conciencia política y responsabilidad social, entre otras.
Nuestros mundos personal, familiar, empresarial, político y social, cada vez más cambiantes, reclaman nuestra vigilante alerta y nuestra plena toma de conciencia. Haciendo eco a la historia de Diógenes de Sínope: hoy más que nunca necesitamos buscar nuestro destino, a plena luz del día, llevando en nuestras manos una lámpara encendida.

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