La @: vocal abierta tecnológica
El Colombiano – Generación. Página 3. Domingo 31 de agosto de 2008.
En la infancia sentí el peso de la ‘@’, por arroba, en mis espaldas. 25 libras, de café, de panela, de mercado, en un costal sobre mis hombros. Un extraño signo que apenas si figuraba en las máquinas de escribir de aquel entonces, y que algún maestro me dijo que era el símbolo de área; un concepto que todavía no cabía en mi cabeza. También me percaté de su existencia cuando combinado con otros signos rebuscados, #$%@&¿?!!!, entreveía asomar las maldiciones en las viñetas de las revistas de historietas que leía a escondidas. La ‘@’ era para mí la versión demonio de la primera letra del alfabeto. Andaba entonces indagando por las versiones duende de por lo menos el resto de las vocales. Nunca pude encontrarlas.
Más tarde me enteraría que su origen responde a un ejercicio de ligadura caligráfica. La representación tipográfica de la preposición latina ad o, según algunos, la conjunción at (en); en fin, una manera de salirle al paso al encarte de cómo representar a estos dígrafos. Supe que en su origen la ‘@’ ya cargaba con algún sentido de existencia, la de la designación de algún lugar.
Nada como el poder descriptivo que tiene el lenguaje de los signos. La espiral en ‘@’ es símbolo de rabo y de otras tantas cosas. Así se lo ha apropiado el vulgo. Es, entre muchas, cola de mono en alemán; caracol en bielorruso; cola de ratón en chino; trompa de elefante en sueco; rosa en turco; y tarta arremolinada en hebreo. También se ha intentado su uso como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina de los sustantivos. Así que no te extrañes cuando te encuentres con l@s amig@s; no sea que l@s vayas a confundir de género. Alguien en sus desvelos vio en la ‘@’ trazos de las vocales ‘a’ y ‘o’. A propósito, y después de tantas, ¿cuál sería entonces el género de ‘@’?
Más tarde me enteraría que su origen responde a un ejercicio de ligadura caligráfica. La representación tipográfica de la preposición latina ad o, según algunos, la conjunción at (en); en fin, una manera de salirle al paso al encarte de cómo representar a estos dígrafos. Supe que en su origen la ‘@’ ya cargaba con algún sentido de existencia, la de la designación de algún lugar.
Nada como el poder descriptivo que tiene el lenguaje de los signos. La espiral en ‘@’ es símbolo de rabo y de otras tantas cosas. Así se lo ha apropiado el vulgo. Es, entre muchas, cola de mono en alemán; caracol en bielorruso; cola de ratón en chino; trompa de elefante en sueco; rosa en turco; y tarta arremolinada en hebreo. También se ha intentado su uso como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina de los sustantivos. Así que no te extrañes cuando te encuentres con l@s amig@s; no sea que l@s vayas a confundir de género. Alguien en sus desvelos vio en la ‘@’ trazos de las vocales ‘a’ y ‘o’. A propósito, y después de tantas, ¿cuál sería entonces el género de ‘@’?
Hablando de desvelos, no me sorprendería que haya sido precisamente en una noche de insomnio de septiembre del año 1971 en la que Ray Tomlinson decidiera escoger el símbolo de ‘@’ en el teclado de su PDP-10 para escribir tomlinson@bbn-tenexa, la primera dirección electrónica usada. El resto, 37 años más tarde, ya sabemos que es historia. La ‘@’, más que un signo pesado, cola de rabo, o parte de una maldiciente expresión, ha pasado a designar la dirección de nuestra existencia virtual. Tal vez el signo más vocal y más abierto en nuestro mundo tecnológico. Sorprende, sin embargo, que a la fecha no aparezca como registro alfabético ni en el DRAE, ni en Google.

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