De las llaves que se tiran y otros olvidos
Por: Félix Londoño G.
El Colombiano – Generación. Página 3. Domingo 6 de abril de 2008.
El Colombiano – Generación. Página 3. Domingo 6 de abril de 2008.
Con su título original en inglés “My blueberry nights”, traducido al español como “El sabor de la noche”, esta cálida película del reconocido director Wong Kar Wai nos retrotrae de manera sutil, y con una elegancia meridiana, a cosas consustanciales que hay tras el día a día en cada una de nuestras vidas.
La película desarrolla en un primer plano, como arte y parte, el transitar de la protagonista, pero, en simultánea, más allá de su historia se desatan todas las historias que ella ve transcurrir en su función de acuciosa observadora. Su papel es ante todo el de esa espectadora que ve como las puertas se abren y se cierran a través de las vidas de los otros. Historias cotidianas en el llamado mundo americano: lo urbano de la gran ciudad, de la noche al día en los sitios de comida, la vida en la carretera, los bares de la noche, la inconciencia temporal en los casinos. Vivencias transidas todas por una música de fondo con la que se hila finalmente la extraña y compleja trama de las relaciones humanas que discurren en torno a cada una de ellas.
Las llaves combinan con los postres. Una llave que se tira es una puerta que se clausura para siempre. Hay en cada llave el peso de una historia de amor o de desamor. Un postre cerrando la noche es una llave que abre la sensual puerta de la boca. Esta representación, la del beso, que es la imagen de pancarta, carga con todo el magnetismo de las puertas que se abren al amor. Amor que funda la película en el pegamento de la escritura. Ella, la protagonista, se marcha para no ser la misma, y, desde una distancia que se torna variable en la geografía espacio-tiempo, escribe postales, jirones de existencia que al final ella misma recoge, rehaciendo con ellos el sentido de su propia vida.
Así se ata la trama: entre llaves, postres y palabras transcurre, con su sabor a noche, la distancia. Como música de fondo fluyen la confianza, el deseo, el suicidio, el desarraigo y el juego; en fin, el convulso agite de la vida misma vuelto calma en el sosegado pozo de unos ojos.
La película desarrolla en un primer plano, como arte y parte, el transitar de la protagonista, pero, en simultánea, más allá de su historia se desatan todas las historias que ella ve transcurrir en su función de acuciosa observadora. Su papel es ante todo el de esa espectadora que ve como las puertas se abren y se cierran a través de las vidas de los otros. Historias cotidianas en el llamado mundo americano: lo urbano de la gran ciudad, de la noche al día en los sitios de comida, la vida en la carretera, los bares de la noche, la inconciencia temporal en los casinos. Vivencias transidas todas por una música de fondo con la que se hila finalmente la extraña y compleja trama de las relaciones humanas que discurren en torno a cada una de ellas.
Las llaves combinan con los postres. Una llave que se tira es una puerta que se clausura para siempre. Hay en cada llave el peso de una historia de amor o de desamor. Un postre cerrando la noche es una llave que abre la sensual puerta de la boca. Esta representación, la del beso, que es la imagen de pancarta, carga con todo el magnetismo de las puertas que se abren al amor. Amor que funda la película en el pegamento de la escritura. Ella, la protagonista, se marcha para no ser la misma, y, desde una distancia que se torna variable en la geografía espacio-tiempo, escribe postales, jirones de existencia que al final ella misma recoge, rehaciendo con ellos el sentido de su propia vida.
Así se ata la trama: entre llaves, postres y palabras transcurre, con su sabor a noche, la distancia. Como música de fondo fluyen la confianza, el deseo, el suicidio, el desarraigo y el juego; en fin, el convulso agite de la vida misma vuelto calma en el sosegado pozo de unos ojos.

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