¿Qué hacer por la educación?
Por: Félix Londoño G.
El Colombiano. Separata especial - Educación Superior. Página 24. 18 de mayo de 2007.
El Colombiano. Separata especial - Educación Superior. Página 24. 18 de mayo de 2007.
La respuesta a esta pregunta tiene múltiples aristas. Usualmente, desde una óptica de logros, se reclama calidad, cobertura y equidad. El debate se trenza en torno a las tensiones que cada uno de estos ejes provoca de manera independiente. En el fondo sabemos que, por lo menos en parte, se trata de un problema de recursos. Los problemas de calidad, cobertura y equidad son subsanables contando con una suficiencia de medios bien administrados y debidamente distribuidos.
Otra manera de considerar el asunto es en términos del ciclo de vida de la formación. Una queja regular y de vieja data en las Universidades es la de que los bachilleres recién egresados no están bien preparados para su ingreso al sistema universitario. El asunto reclama una mirada sistémica que considere todos los flujos en la cadena de formación, desde la temprana infancia hasta la edad adulta. Hoy más que nunca el placer de aprender se prolonga a lo largo y ancho de nuestra existencia. Este ciclo de vida de la formación debe además contemplar de manera articulada las diversas estaciones de tránsito y de salida en el sistema. Nuestra sociedad reclama con urgencia unos ciclos propedéuticos, y unos flujos balanceados de formación técnica y tecnológica. Y sí que le hace falta a este país el desarrollo de su sistema de posgrados, de manera especial el de los programas de doctorado debidamente sustentados en sistemas avanzados de investigación.
La integración también debe ser desarrollada de manera transversal. Significando con esto el fortalecimiento de alianzas estratégicas, en los contextos regional, nacional e internacional, entre instituciones que aportando sus diversas fortalezas contribuyan al fortalecimiento del sistema de educación superior en su conjunto. Las denominadas Tecnologías de Informática y Comunicaciones (TICs) pueden aportar de manera significativa al desarrollo de esta línea de acción. Cada vez se hace más claro que en la sociedad del conocimiento la educación se hace en red. Como apuntaba un experto, “más que considerar una red de universidades, debemos propender por la construcción de la universidad en red”.
Hay otros elementos que confluyen igualmente en los procesos de fortalecimiento de la educación. Cada vez se hace más relevante la formación en por lo menos un segundo idioma. Igualmente resulta enriquecedora la exposición de los estudiantes durante sus procesos de formación a diversas experiencias que pueden ser de tipo co-curricular, que por fuera de los muros de las aulas de clase contribuyen a una confrontación permanente con situaciones y problemas de la vida real. El aprovechamiento de todas estas experiencias, como experiencias de aprendizaje en un mundo cada vez más globalizado, deriva en un capital invaluable de nuevo conocimiento para las nuevas generaciones en proceso de formación.
Finalmente, para cerrar, quisiera señalar el que a mi juicio resulta ser, en últimas, uno de los elementos determinantes. Es el profesor, el verdadero maestro, quien tiene en sus manos, en su cerebro, el poder del conocimiento, y sobre todo la sapiencia, para acompañar y para guiar las mentes frescas que día a día se forman en nuestras instituciones de educación superior. Resulta entonces estratégico fortalecer y reconocer la función, el rol y el estatus del maestro como garante final de una educación superior del más alto nivel.
Otra manera de considerar el asunto es en términos del ciclo de vida de la formación. Una queja regular y de vieja data en las Universidades es la de que los bachilleres recién egresados no están bien preparados para su ingreso al sistema universitario. El asunto reclama una mirada sistémica que considere todos los flujos en la cadena de formación, desde la temprana infancia hasta la edad adulta. Hoy más que nunca el placer de aprender se prolonga a lo largo y ancho de nuestra existencia. Este ciclo de vida de la formación debe además contemplar de manera articulada las diversas estaciones de tránsito y de salida en el sistema. Nuestra sociedad reclama con urgencia unos ciclos propedéuticos, y unos flujos balanceados de formación técnica y tecnológica. Y sí que le hace falta a este país el desarrollo de su sistema de posgrados, de manera especial el de los programas de doctorado debidamente sustentados en sistemas avanzados de investigación.
La integración también debe ser desarrollada de manera transversal. Significando con esto el fortalecimiento de alianzas estratégicas, en los contextos regional, nacional e internacional, entre instituciones que aportando sus diversas fortalezas contribuyan al fortalecimiento del sistema de educación superior en su conjunto. Las denominadas Tecnologías de Informática y Comunicaciones (TICs) pueden aportar de manera significativa al desarrollo de esta línea de acción. Cada vez se hace más claro que en la sociedad del conocimiento la educación se hace en red. Como apuntaba un experto, “más que considerar una red de universidades, debemos propender por la construcción de la universidad en red”.
Hay otros elementos que confluyen igualmente en los procesos de fortalecimiento de la educación. Cada vez se hace más relevante la formación en por lo menos un segundo idioma. Igualmente resulta enriquecedora la exposición de los estudiantes durante sus procesos de formación a diversas experiencias que pueden ser de tipo co-curricular, que por fuera de los muros de las aulas de clase contribuyen a una confrontación permanente con situaciones y problemas de la vida real. El aprovechamiento de todas estas experiencias, como experiencias de aprendizaje en un mundo cada vez más globalizado, deriva en un capital invaluable de nuevo conocimiento para las nuevas generaciones en proceso de formación.
Finalmente, para cerrar, quisiera señalar el que a mi juicio resulta ser, en últimas, uno de los elementos determinantes. Es el profesor, el verdadero maestro, quien tiene en sus manos, en su cerebro, el poder del conocimiento, y sobre todo la sapiencia, para acompañar y para guiar las mentes frescas que día a día se forman en nuestras instituciones de educación superior. Resulta entonces estratégico fortalecer y reconocer la función, el rol y el estatus del maestro como garante final de una educación superior del más alto nivel.

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