De la ciencia como juego
Por: Félix Londoño G., Director de Investigación y Docencia - Universidad EAFIT
Palabra & Obra - El mundo. Año XXVIII No 10.002. Páginas D6-D7. Viernes 4 de mayo de 2007.
Haciéndole juego al tema, de manera intencional se busca preparar y motivar hoy día a las nuevas generaciones para el juego de la ciencia. ¿Qué otra función tendrían, si no, los múltiples museos interactivos que hay alrededor del orbe y que cada día toman mayor relevancia? Museos como Maloka y Explora en nuestro país abren sus puertas a las nuevas generaciones con la instrucción clara de que está prohibido no tocar. Del cuarto de juguetes de la infancia, pasando por los cuartos de juego de los museos saltamos a los cuartos de juguete de los laboratorios. Indudablemente, seguimos siendo puro juego.
Palabra & Obra - El mundo. Año XXVIII No 10.002. Páginas D6-D7. Viernes 4 de mayo de 2007.
Somos puro juego. Lo hemos sido desde siempre, movidos por la curiosidad cuyos hilos invisibles nos han halado desde la más temprana infancia. Se pierden en la bruma de nuestros más lejanos recuerdos los momentos en que extendíamos las manos más allá de los cuerpos buscando sentir, reconocer, para luego interactuar –jugar-, con cuanto objeto se encontraba dentro de la limitada circunscripción de nuestro campo visual. En las fronteras de aquellos territorios de la infancia hurgábamos en las grietas de las paredes auscultando ese mundo desconocido que tal vez inconscientemente sospechábamos más allá de las barreras físicas que por entonces se nos imponían. De niños no hacíamos ciencia, jugábamos a descubrir el mundo más allá de nuestra piel.
Afuera, hay una miríada de objetos sobre los cuales, ya de adultos, seguimos extendiendo los cinco sentidos. Las fronteras de nuestra circunscripción territorial se han corrido un tanto más allá, pero siguen ahí más presentes que nunca. Con la ciencia hurgamos en sus grietas, igual que lo hacíamos de niños, buscando develar en ellas las preguntas de la existencia. Ya mayores, interactuando con el mundo, un tanto adustos, hacemos como si no jugáramos, declaramos que hacemos ciencia. La realidad es que haciendo ciencia acrecentamos la dimensión de nuestro juego con el mundo.
Por siglos nos han acompañado los juegos de la infancia, como el de los niños atando una cuerda a un moscardón que luego se transforma en el solaz recreo de las cometas en el aire. A la manera del simbólico mito de Ícaro, jugamos de manera visceral con el aire y con el sol. Desvelo de Leonardo da Vinci con su Ornitóptero, ficción de Julio Verne en obras como “De la tierra a la luna”. Juego que se ha hecho realidad y que hoy nos permite extender la cuerda del moscardón más allá de las fronteras planetarias del sistema solar. Como éste, son innumerables los entretenimientos infantiles escalados por el hombre más allá, a una dimensión cósmica, en su paso por el mundo.
Pero hay juegos de juegos. Desde la infancia, con juegos como el de Batalla Naval, se vive y se vibra con el pasatiempo de la guerra. Por siglos, su fatídico sino también ha empujado, más allá de unos límites humanamente buenos, el desarrollo de la ciencia. ¿Cuántos de los objetos que hoy usamos tuvieron sus primeras versiones usadas en el arte de la guerra? Hoy, de manera elegante, se les denomina ‘aplicaciones civiles’. Lo que a comienzos de nuestra civilización fueran los juegos artificiales de la pólvora, hoy día se trastocan diariamente en ciudades arrasadas. Desde los ya remotos tiempos de la pólvora, luego de pasar por múltiples estadios como el de la dinamita, buena parte de la última centuria nos la hemos pasado entretenidos jugando con el átomo. Ya lo sabemos, no es un juego cualquiera. Abierto y expuesto su vientre, los hilos que tejen la existencia se van adelgazando.
Lo que de infancia fueran nuestros pequeños cuartos de juguetes, de adultos se han transformado en sofisticados espacios donde a diario una miríada de hombres y mujeres se entretienen en sus juegos de laboratorio. La ciencia siempre ha sido un juego. De los juguetes fundacionales de los alquimistas, con espacios y utensilios prestados de las cocinas de las casas, se ha pasado al desarrollo de un amplio espectro de lugares e instrumentos que inclusive traspasan las fronteras físicas del planeta. Microscopios electrónicos, aceleradores de partículas, estaciones espaciales y la complejidad de los espacios sociales en sí mismos constituyen, entre otros, esa versión moderna, diversa, compleja y cambiante de nuestro cuarto de juguetes. Evoluciona a la par que avanzan los desarrollos y se renuevan los retos de la ciencia. Su concepción original, la de un espacio físico específico dotado de ciertos instrumentos para realizar trabajos técnicos o científicos, ha dado paso a formas complejas, flexibles y variables que posibilitan el aprovechamiento colectivo de los múltiples beneficios de la instrumentación en red.
Una instrumentación en red que se funda en la aparición reciente de un nuevo juguete, el computador, que ha resultado ser bastante versátil. Así como la rueda y la palanca, desde un punto de vista mecánico, se han transparentado haciendo parte del alma de la mayoría de los objetos que hay a nuestro alrededor, de igual manera el computador se viene incorporando de manera decisiva en cuanto objeto se construye hoy día. La red en sí misma constituye el mayor espacio de juego de que se tenga noticia, las nuevas generaciones pasan buena parte de su tiempo en la web. La limitada circunscripción del campo visual de los infantes ha extendido sus fronteras a los territorios de Internet. De adultos, es también allí donde aflora el nuevo territorio del juego de la ciencia. Uno de los casos más recientes y de mayor impacto en este sentido es el proyecto del Genoma Humano. Haciendo uso del juguete de la red, un esfuerzo internacional de 13 años iniciado formalmente en octubre de 1990 y completado en el 2003 permitió descubrir y poner a disposición de la humanidad, para su estudio posterior, un total de entre 20,000 y 25,000 genes humanos.
Afuera, hay una miríada de objetos sobre los cuales, ya de adultos, seguimos extendiendo los cinco sentidos. Las fronteras de nuestra circunscripción territorial se han corrido un tanto más allá, pero siguen ahí más presentes que nunca. Con la ciencia hurgamos en sus grietas, igual que lo hacíamos de niños, buscando develar en ellas las preguntas de la existencia. Ya mayores, interactuando con el mundo, un tanto adustos, hacemos como si no jugáramos, declaramos que hacemos ciencia. La realidad es que haciendo ciencia acrecentamos la dimensión de nuestro juego con el mundo.
Por siglos nos han acompañado los juegos de la infancia, como el de los niños atando una cuerda a un moscardón que luego se transforma en el solaz recreo de las cometas en el aire. A la manera del simbólico mito de Ícaro, jugamos de manera visceral con el aire y con el sol. Desvelo de Leonardo da Vinci con su Ornitóptero, ficción de Julio Verne en obras como “De la tierra a la luna”. Juego que se ha hecho realidad y que hoy nos permite extender la cuerda del moscardón más allá de las fronteras planetarias del sistema solar. Como éste, son innumerables los entretenimientos infantiles escalados por el hombre más allá, a una dimensión cósmica, en su paso por el mundo.
Pero hay juegos de juegos. Desde la infancia, con juegos como el de Batalla Naval, se vive y se vibra con el pasatiempo de la guerra. Por siglos, su fatídico sino también ha empujado, más allá de unos límites humanamente buenos, el desarrollo de la ciencia. ¿Cuántos de los objetos que hoy usamos tuvieron sus primeras versiones usadas en el arte de la guerra? Hoy, de manera elegante, se les denomina ‘aplicaciones civiles’. Lo que a comienzos de nuestra civilización fueran los juegos artificiales de la pólvora, hoy día se trastocan diariamente en ciudades arrasadas. Desde los ya remotos tiempos de la pólvora, luego de pasar por múltiples estadios como el de la dinamita, buena parte de la última centuria nos la hemos pasado entretenidos jugando con el átomo. Ya lo sabemos, no es un juego cualquiera. Abierto y expuesto su vientre, los hilos que tejen la existencia se van adelgazando.
Lo que de infancia fueran nuestros pequeños cuartos de juguetes, de adultos se han transformado en sofisticados espacios donde a diario una miríada de hombres y mujeres se entretienen en sus juegos de laboratorio. La ciencia siempre ha sido un juego. De los juguetes fundacionales de los alquimistas, con espacios y utensilios prestados de las cocinas de las casas, se ha pasado al desarrollo de un amplio espectro de lugares e instrumentos que inclusive traspasan las fronteras físicas del planeta. Microscopios electrónicos, aceleradores de partículas, estaciones espaciales y la complejidad de los espacios sociales en sí mismos constituyen, entre otros, esa versión moderna, diversa, compleja y cambiante de nuestro cuarto de juguetes. Evoluciona a la par que avanzan los desarrollos y se renuevan los retos de la ciencia. Su concepción original, la de un espacio físico específico dotado de ciertos instrumentos para realizar trabajos técnicos o científicos, ha dado paso a formas complejas, flexibles y variables que posibilitan el aprovechamiento colectivo de los múltiples beneficios de la instrumentación en red.
Una instrumentación en red que se funda en la aparición reciente de un nuevo juguete, el computador, que ha resultado ser bastante versátil. Así como la rueda y la palanca, desde un punto de vista mecánico, se han transparentado haciendo parte del alma de la mayoría de los objetos que hay a nuestro alrededor, de igual manera el computador se viene incorporando de manera decisiva en cuanto objeto se construye hoy día. La red en sí misma constituye el mayor espacio de juego de que se tenga noticia, las nuevas generaciones pasan buena parte de su tiempo en la web. La limitada circunscripción del campo visual de los infantes ha extendido sus fronteras a los territorios de Internet. De adultos, es también allí donde aflora el nuevo territorio del juego de la ciencia. Uno de los casos más recientes y de mayor impacto en este sentido es el proyecto del Genoma Humano. Haciendo uso del juguete de la red, un esfuerzo internacional de 13 años iniciado formalmente en octubre de 1990 y completado en el 2003 permitió descubrir y poner a disposición de la humanidad, para su estudio posterior, un total de entre 20,000 y 25,000 genes humanos.
Haciéndole juego al tema, de manera intencional se busca preparar y motivar hoy día a las nuevas generaciones para el juego de la ciencia. ¿Qué otra función tendrían, si no, los múltiples museos interactivos que hay alrededor del orbe y que cada día toman mayor relevancia? Museos como Maloka y Explora en nuestro país abren sus puertas a las nuevas generaciones con la instrucción clara de que está prohibido no tocar. Del cuarto de juguetes de la infancia, pasando por los cuartos de juego de los museos saltamos a los cuartos de juguete de los laboratorios. Indudablemente, seguimos siendo puro juego.

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