lunes, marzo 26, 2007

Este mundo de palabras

Por: Félix Londoño G.
El Colombiano - Generación. Página 13. Domingo 25 de marzo de 2007.


“…amo tanto las palabras…”
Pablo Neruda (Confieso que he vivido)


¿Cómo y cuándo surge esa primera palabra usada para bautizar a la primera cosa nombrada? Nombradas ya algunas cosas, tal vez muchas cosas, ¿cuándo y cómo surge ese vocablo palabra con el que se nomina ese universo de nombres dados a las cosas? En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra. ¿En que momento nombró Dios a lo creado? ¿Ante quien las nombró? Y esos nombres, ¿cuándo y cómo se hicieron verbo entre nosotros?

El vocablo palabra, la palabra palabra, término, voz, signo. Tal vez primero fuera parábola: un universo de sentido junto al objeto nombrado. Hoy, a la manera de dioses terrenales, vamos dotando también con sus nombres a la miríada de cosas inventadas. Tantas palabras como cosas reales, ideadas e imaginadas; y, para no olvidarlas, las vamos consignando una a una, desde la A hasta la Z, en diccionarios y enciclopedias.

Maná, manjar milagroso que brotando de nuestras bocas se quita o se regala: me empeño en la fe y te doy mi palabra. Pido la palabra, concedo la palabra, retiro la palabra, empeño la palabra y hago uso de la palabra. Es un hombre de palabra, cumplirá su palabra: palabra de hombre, palabra de honor. ¡Esas son palabras mayores! Hay la palabra dulce que enamora, rindiendo a tus pies ese objeto de deseo. Pero hay de la palabra pesada que injuria e hiere con el filo de su hoja. Hay también palabras picantes, palabras gruesas, palabras delgadas, palabras mágicas, palabras santas y, entre otras tantas, también hay palabras de doble sentido, palabras ociosas y palabrejas. Ah, y hay niños y también adultos palabrosos. Tantos vocablos como propósitos, enmiendas, alegrías y duelos. Queriendo ser precisos declaramos que en una palabra, en dos palabras o en pocas palabras, en un instante, haremos un breve tránsito por la palabra.

Corren las palabras de torreón en torreón, pero cuando la cascada de palabras se torna turbia, faltamos a la palabra, ahorramos palabras, y hasta juramos: palabra, palabra que sí. Se nos escapa la palabra y a veces no entendemos ni media palabra. Decimos no tener palabras hechas, y las cuentas de nuestro rosario de palabras resbalan por el agrio aliento de nuestras bocas. Así, tal vez nos quedemos en silencio, en espera paciente, hasta que las palabras vuelvan a vestir de seda, paño o dril nuestros afectos.

Es en la palabra que surge el verso, y es también con la palabra que se inventa la tragedia, la epopeya y la comedia. Es corta y certera la palabra en el cuento y más llana y extendida la palabra en la novela. Igual, con la certeza de Pessoa, no somos más que “cuentos de cuentos contando cuentos, nada”; palabras de puro cuento. En la palabra, ante los otros, somos cuerdos, locos, neuróticos…esquizofrénicos. Entretenemos con la palabra y dejamos a alguien con la palabra en la boca. Cruzamos palabras y a veces hasta dejamos de dirigirnos la palabra. Sí, vivimos en este palabreo hasta que, cual reos en el cadalso, mascullamos nuestra última palabra en presencia de la parca.