Cocidos a fuego lento
Por: Félix Londoño G.
La Hoja de Medellín. Edición 293. Páginas 22-23. Marzo 2007.
El calentamiento global está pasando rápidamente de ser la preocupación primordial de unos pocos científicos a ser la ocupación conversacional de buena parte de la humanidad. En este caso no se trata simplemente de ‘ir del dicho al hecho’; es perentorio, ante todo, aceptar los hechos y actuar de manera urgente y responsable para salvar el planeta que habitamos. La evidencia, de tipo causa-efecto, señala que como resultado de la actividad humana se ha venido aumentando la emisión desaforada de dióxido de carbono que acumulado en la atmósfera forma una capa cada vez más densa que atrapa las radiaciones de onda larga emitidas por la superficie terrestre derivando en un aumento inusual de la temperatura en la atmósfera misma y en los océanos. Los expertos señalan que, según los registros, en los últimos 50 años la temperatura mundial promedio ha aumentado de manera inusitada y que además lo está haciendo de manera acelerada: los tres registros más altos son posteriores a 1998. Los signos son alarmantes: se señala que en los últimos 50 años la acumulación de nieve ha disminuido en un 60% y las temporadas invernales se han acortado en algunos lugares del planeta. El área del casco polar Ártico está disminuyendo de manera dramática. Desastres como los ocasionados por el huracán Katrina, tsunamis e inundaciones como los ocurridos en la zona del Asía-pacífico, y olas de calor en diversas regiones del globo son todos atribuidos al calentamiento del planeta.
Las investigaciones que sustentan el análisis no son recientes. Ya desde la década de 1950 se habían iniciado mediciones de CO2 en la atmósfera que en su momento encendieron las alarmas. En 1968, bajo la afiliación del denominado Club de Roma, varias personalidades académicas, científicas y políticas divulgaron diversos estudios en los que se señalaba la creciente preocupación por las modificaciones del entorno ambiental. En 1992, en el marco de lo que se conoció como la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, se suscribió la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) instrumento que se ratificaría como vinculante mediante el Protocolo de Kyoto del 11 de diciembre de 1997 con el cual los países industrializados se comprometieron a reducir en un 5,2% las emisiones contaminantes entre 2008 y 2012, tomando como referencia los niveles de 1990. El acuerdo entró en vigor el 16 de febrero de 2005, luego que fuera ratificado por Rusia el 18 de noviembre de 2004. Resulta paradójico que este protocolo no haya sido firmado ni por Estados Unidos ni por Australia, grandes contribuyentes de emisiones. Además, a la fecha, varios de sus principales signatarios han incumplido las metas propuestas en el mismo. Está claro que el tema ha alcanzado dimensiones políticas de orden internacional. El cuerpo multigubernamental y científico encargado de su análisis global es el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).
Colombia ratificó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y es también signataria del Protocolo de Kyoto. En consecuencia ha venido desarrollando el correspondiente marco jurídico con la ley 164 de 1994 y las resoluciones 0453 y 0454 del 27 de abril de 2004. Con la primera resolución se adoptan los principios, requisitos y criterios, se establece el procedimiento para la aprobación nacional de proyectos de reducción de gases de efecto invernadero que optan al Mecanismo de Desarrollo Limpio – MDL. Con la segunda resolución se regula el funcionamiento del Comité Técnico Intersectorial de Mitigación del Cambio Climático del Consejo Nacional Ambiental. Para comenzar, una legislación suficiente que esperemos no exceda nuestra real capacidad de asegurar su cumplimiento.
En tanto crece la evidencia de la amenaza sobre el planeta, aumenta la toma de conciencia sobre el problema y se reclama con urgencia la participación de toda la humanidad para reversar la situación. No hace muchos años el tema recibía un tratamiento que lindaba en la frontera de la ficción. Películas como “El día después de mañana” (The day after tomorrow – 2004) dirigida por Roland Emmerich mostraban un final apocalíptico que en la temporalidad del celuloide nos parecía aún bastante distante en el tiempo. Recientemente el asunto toma la forma de documental científico para insistir en la gravedad de la situación. “La verdad incómoda” (An Inconvenient Truth - 2006) del Director Davis Guggenheim muestra a un hombre apasionado advirtiendo sobre lo que él llama la inminente “emergencia planetaria”: la humanidad sentada sobre una bomba de tiempo. Ese hombre apasionado es Al Gore, el ex-vicepresidente de los Estados Unidos quien concluye que “no podemos continuar viendo el calentamiento global como un tema político, sino más bien como el mayor reto moral al que se enfrenta nuestra civilización.” También insiste en que no es un asunto económico: “¿Para qué la economía en un escenario en el que deje de existir nuestro planeta?”
¿Qué hacer? Los escépticos señalan que en todo caso el clima ha cambiado de manera constante a lo largo de los últimos cientos de miles de años. Aunque los pronósticos, igual que nuestra existencia, puedan tener pies de barro, se trata de revaluar nuestra más íntima forma de sentir y de relacionarnos con nuestro entorno. A diferencia de la rana que al caer sobre una caldera salta inmediatamente fuera de ella, tal parece que nos hemos estado cocinando a fuego lento dentro de la misma, y tal vez aún no hemos querido aceptar que estamos próximos al punto de ebullición. Ahora que lo vamos confirmando, y sin poder saltar fuera de la caldera, no nos queda otra alternativa que buscar la manera de reducir el tamaño de la llama. Aquí aplica también la recomendación de pensar globalmente y actuar localmente. Lo primero es reconocer la dimensión del problema y, como ya se señaló, asumir el mayor reto moral al que se ha enfrentado nuestra civilización. Así como la ciencia es causante de la situación, por lo menos en parte, debemos hacer uso también de la ciencia para abordarlo. En últimas, la solución está en las manos de cada uno de nosotros. Podemos contribuir significativamente a sensibilizar a nuestros congéneres sobre la magnitud del problema y a que las naciones establezcan y hagan cumplir las leyes en pro de un uso más limpio, sobre todo, de los recursos energéticos. Cada ahorro personal en energía contribuye a la lucha contra el calentamiento global. Si no actuamos a tiempo, tal vez mañana sea demasiado tarde para evitar el pandemónium que ya se viene anunciando con las recientes catástrofes sufridas en diversos puntos del planeta. Si bien es cierto que la mayor responsabilidad del cambio global recae sobre las naciones desarrolladas, también es cierto que los países en vía de desarrollo en su tarea de equilibrar sus balanzas comerciales deforestan y contaminan sus fuentes de agua y el aire. Si el cambio climático es irreversible, entonces debemos adaptarnos a las nuevas condiciones haciendo uso de las mejores prácticas científicas y de planeación para minimizar sus efectos devastadores.
La Hoja de Medellín. Edición 293. Páginas 22-23. Marzo 2007.
El calentamiento global está pasando rápidamente de ser la preocupación primordial de unos pocos científicos a ser la ocupación conversacional de buena parte de la humanidad. En este caso no se trata simplemente de ‘ir del dicho al hecho’; es perentorio, ante todo, aceptar los hechos y actuar de manera urgente y responsable para salvar el planeta que habitamos. La evidencia, de tipo causa-efecto, señala que como resultado de la actividad humana se ha venido aumentando la emisión desaforada de dióxido de carbono que acumulado en la atmósfera forma una capa cada vez más densa que atrapa las radiaciones de onda larga emitidas por la superficie terrestre derivando en un aumento inusual de la temperatura en la atmósfera misma y en los océanos. Los expertos señalan que, según los registros, en los últimos 50 años la temperatura mundial promedio ha aumentado de manera inusitada y que además lo está haciendo de manera acelerada: los tres registros más altos son posteriores a 1998. Los signos son alarmantes: se señala que en los últimos 50 años la acumulación de nieve ha disminuido en un 60% y las temporadas invernales se han acortado en algunos lugares del planeta. El área del casco polar Ártico está disminuyendo de manera dramática. Desastres como los ocasionados por el huracán Katrina, tsunamis e inundaciones como los ocurridos en la zona del Asía-pacífico, y olas de calor en diversas regiones del globo son todos atribuidos al calentamiento del planeta.
Las investigaciones que sustentan el análisis no son recientes. Ya desde la década de 1950 se habían iniciado mediciones de CO2 en la atmósfera que en su momento encendieron las alarmas. En 1968, bajo la afiliación del denominado Club de Roma, varias personalidades académicas, científicas y políticas divulgaron diversos estudios en los que se señalaba la creciente preocupación por las modificaciones del entorno ambiental. En 1992, en el marco de lo que se conoció como la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, se suscribió la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) instrumento que se ratificaría como vinculante mediante el Protocolo de Kyoto del 11 de diciembre de 1997 con el cual los países industrializados se comprometieron a reducir en un 5,2% las emisiones contaminantes entre 2008 y 2012, tomando como referencia los niveles de 1990. El acuerdo entró en vigor el 16 de febrero de 2005, luego que fuera ratificado por Rusia el 18 de noviembre de 2004. Resulta paradójico que este protocolo no haya sido firmado ni por Estados Unidos ni por Australia, grandes contribuyentes de emisiones. Además, a la fecha, varios de sus principales signatarios han incumplido las metas propuestas en el mismo. Está claro que el tema ha alcanzado dimensiones políticas de orden internacional. El cuerpo multigubernamental y científico encargado de su análisis global es el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).
Colombia ratificó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y es también signataria del Protocolo de Kyoto. En consecuencia ha venido desarrollando el correspondiente marco jurídico con la ley 164 de 1994 y las resoluciones 0453 y 0454 del 27 de abril de 2004. Con la primera resolución se adoptan los principios, requisitos y criterios, se establece el procedimiento para la aprobación nacional de proyectos de reducción de gases de efecto invernadero que optan al Mecanismo de Desarrollo Limpio – MDL. Con la segunda resolución se regula el funcionamiento del Comité Técnico Intersectorial de Mitigación del Cambio Climático del Consejo Nacional Ambiental. Para comenzar, una legislación suficiente que esperemos no exceda nuestra real capacidad de asegurar su cumplimiento.
En tanto crece la evidencia de la amenaza sobre el planeta, aumenta la toma de conciencia sobre el problema y se reclama con urgencia la participación de toda la humanidad para reversar la situación. No hace muchos años el tema recibía un tratamiento que lindaba en la frontera de la ficción. Películas como “El día después de mañana” (The day after tomorrow – 2004) dirigida por Roland Emmerich mostraban un final apocalíptico que en la temporalidad del celuloide nos parecía aún bastante distante en el tiempo. Recientemente el asunto toma la forma de documental científico para insistir en la gravedad de la situación. “La verdad incómoda” (An Inconvenient Truth - 2006) del Director Davis Guggenheim muestra a un hombre apasionado advirtiendo sobre lo que él llama la inminente “emergencia planetaria”: la humanidad sentada sobre una bomba de tiempo. Ese hombre apasionado es Al Gore, el ex-vicepresidente de los Estados Unidos quien concluye que “no podemos continuar viendo el calentamiento global como un tema político, sino más bien como el mayor reto moral al que se enfrenta nuestra civilización.” También insiste en que no es un asunto económico: “¿Para qué la economía en un escenario en el que deje de existir nuestro planeta?”
¿Qué hacer? Los escépticos señalan que en todo caso el clima ha cambiado de manera constante a lo largo de los últimos cientos de miles de años. Aunque los pronósticos, igual que nuestra existencia, puedan tener pies de barro, se trata de revaluar nuestra más íntima forma de sentir y de relacionarnos con nuestro entorno. A diferencia de la rana que al caer sobre una caldera salta inmediatamente fuera de ella, tal parece que nos hemos estado cocinando a fuego lento dentro de la misma, y tal vez aún no hemos querido aceptar que estamos próximos al punto de ebullición. Ahora que lo vamos confirmando, y sin poder saltar fuera de la caldera, no nos queda otra alternativa que buscar la manera de reducir el tamaño de la llama. Aquí aplica también la recomendación de pensar globalmente y actuar localmente. Lo primero es reconocer la dimensión del problema y, como ya se señaló, asumir el mayor reto moral al que se ha enfrentado nuestra civilización. Así como la ciencia es causante de la situación, por lo menos en parte, debemos hacer uso también de la ciencia para abordarlo. En últimas, la solución está en las manos de cada uno de nosotros. Podemos contribuir significativamente a sensibilizar a nuestros congéneres sobre la magnitud del problema y a que las naciones establezcan y hagan cumplir las leyes en pro de un uso más limpio, sobre todo, de los recursos energéticos. Cada ahorro personal en energía contribuye a la lucha contra el calentamiento global. Si no actuamos a tiempo, tal vez mañana sea demasiado tarde para evitar el pandemónium que ya se viene anunciando con las recientes catástrofes sufridas en diversos puntos del planeta. Si bien es cierto que la mayor responsabilidad del cambio global recae sobre las naciones desarrolladas, también es cierto que los países en vía de desarrollo en su tarea de equilibrar sus balanzas comerciales deforestan y contaminan sus fuentes de agua y el aire. Si el cambio climático es irreversible, entonces debemos adaptarnos a las nuevas condiciones haciendo uso de las mejores prácticas científicas y de planeación para minimizar sus efectos devastadores.

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