viernes, enero 19, 2007

Casepalo

Por: Félix Londoño G.
El Colombiano-Generación. Pag. 20. Domingo 14 de enero de 2007.

La entrada al sendero que conduce a la cabaña está formada por dos gruesos troncos de árboles de pino que hay allí plantados, justo al finalizar el último tramo de carretera por la que se llega al lugar. Desde lo alto te miran como dos gigantes que parecen cuidar día y noche la portada. A media altura del tronco de la derecha cuelga una farola. Una tenue luz asoma por entre la herrumbre de sus herrajes iluminando tímidamente la oscuridad forzada por la penumbra del bosque. Una pequeña puerta, formada con una tímida y envejecida armazón de cuatro tablillas de madera cortadas en punta, franquea la entrada a un estrecho camino empedrado por entre lo tupido del bosque. A lado y lado la vegetación. Mucho más espesa a la derecha. A la izquierda una barandilla, que construida con árboles y ramajes del bosque, protege a los caminantes ante un eventual resbalón por la abrupta ladera que da a la orilla del pequeño lago que se avista en el fondo. Sus aguas quietas dejan entrever los reflejos de la arboleda que se cuelan por entre el ojal de cielo que se forma en aquel claro del bosque. Alumbran las pisadas otras tantas farolas envejecidas que cuelgan a lo largo del camino. Al compás de cada paso se escucha el silencio del lugar. Un silencio matizado por el cántico de algunos pajarillos que desde la espesura más cercana parecen alertarse sobre la presencia humana. Del lado del lago el bullicio sostenido de los grillos. Desde la distancia una mezcla atenuada de sonidos, la voz cadenciosa de la espesura al caer de la tarde. La humedad del bosque, resudando sus gotas después de la lluvia, se va metiendo por todo el cuerpo. Con cada nueva bocanada de aire el viento helado se cuela por entre las fosas nasales. Las plantas de los pies sorben el frío que asciende desde el vientre de la tierra.
Sobre el manantial que lleva sus aguas al lago, el sendero de piedra da paso a un pequeño puente de madera. Al cruzarlo, la vista despejada hacia el lago, decorada por un cultivo de cartuchos blancos que crece a lado y lado de la vertiente. Pasando el puente, las escaleras de piedra que conducen a la entrada de la cabaña. Una cabaña hecha con maderos del bosque sobre cimientos en piedra. La construcción es de una planta. En un travesaño, sobre dos grandes estacas a la entrada, cuelga un gran aviso sobre un tablón que con lianas del bosque, en cursiva, deja leer el nombre que le han dado al lugar: 'casepalo'.
Franqueada la puerta se siente un agradable aroma del que resalta el inconfundible olor a eucalipto. Sobre el fogón de leña, que conserva aún algunas de sus brasas, hierve una gran olla con agua de la que asoma un manojo de hierbas, hojas y flores del bosque. Al fondo, frente a la entrada a la cabaña, el cuarto. Una gran cama, suficiente para dos. Un armario y un pequeño clóset para guardar las pertenencias. Al extremo, en diagonal contra la puerta del cuarto, dos pequeñas alas que en bisagra conducen al baño.
Dejadas las cosas en el cuarto, los ojos se apropian del lugar. A manera de comedor, una gran mesa en el espacio abierto que rodea la estancia de la cocina. Justo a la izquierda, sobre la entrada, un agradable refugio para la lectura. Un amplio escritorio con su mesa contra un gran ventanal con vista al lago, y una pequeña repisa que a modo de biblioteca se haya dispuesta en la pared sobre la derecha. Los ojos se detienen en las copas retorcidas de los arbustos que a manera de cuadro naturalista se enmarca detrás de la ventana. Troncos tupidos de espesura, de musgo, líquenes y cactus que se adhieren por doquier a la piel de la arboleda. Más al fondo, una amplia sala de estar con una chimenea encendida. Atrae el rojo de los gruesos leños que allí crepitan bajo el fuego. Después de cenar llega la noche, la oscuridad en medio del bosque apagada en ese resquicio del mundo por la tenue luminosidad de las brasas. Frente a la lumbre, sumidos en la milenaria contemplación del fuego, acompañados por el silencioso crepitar de la madera al consumirse bajo el incendio, la concupiscencia, quietud y silencio ante el abrazo de las llamas.