El laberinto de la ciencia
Por: Félix Londoño G.
El Eafitense No. 89. Septiembre de 2006.
Siempre nos han sorprendido los laberintos. Los míticos, como El Laberinto de Creta mandado a construir por el Rey Minos, y las múltiples realizaciones que de ellos han sido plasmadas en la literatura. De las más conocidas, las de Borges. Bien sabido es que junto con los espejos, las bibliotecas y los sueños, los laberintos fueron su obsesión. En El Aleph, 1949, entre “La casa de Asterión” y “Los dos reyes y los dos laberintos”, asoma la infinitud del espectro de este universo con que arrostramos nuestra existencia.
Igual que la intricada red de muros y puertas resulta ser desafiante la multiplicidad de espejismos, reflejo fantasioso sobre las arenas del desierto, que retan al aventurero osado al intentar regresar tras las difuminadas huellas de sus pasos. Muchos otros son los laberintos que afrontamos a diario. El mar para el naufrago, el cielo estrellado para el enamorado, Las mil y una noches para el rey Shahriar, o el gris de la niebla en medio de la tormenta. Y que decir de otros tantos como el laberinto del tiempo o el del hombre ante la guerra y el del hombre ante el conocimiento.
La primera mirada inquisidora del ser humano sobre su espejo, sobre si mismo, dio lugar a una primera pregunta sobre el sentido de nuestra existencia haciendo visibles con ello, de repente, los muros, las escaleras y las puertas de lo que hoy constituye el laberinto de la ciencia. Como en el laberinto griego, el de Teseo, nuestro sueño es poder llegar al centro y enfrentar al Minotauro, la verdad última sobre la lógica de nuestra existencia. Pero la realidad es que hoy nos encontramos frente a múltiples callejones sin salida. En términos de la concepción sobre los laberintos, nuestra situación se asemeja, en principio, a la de un laberinto manierista donde cada una de sus rutas está representada por cada uno de los frentes de trabajo que acomete hoy día la ciencia. Tantas puertas e ilaciones como preguntas nos hacemos.
Abierta una puerta, asoma un muro. Fragmentado el átomo, deviene la vislumbre de los electrones, protones y neutrones. Tras de sus salientes han emergido los quarks y tras ellos ahora despuntan los pequeños, vibrantes y envolventes strings. ¿Qué portón se anuncia tras estos nuevos muros? ¿Qué tan distantes nos hallamos de la salida? Pareciera que hacia el centro del laberinto nos guiaran, como tensos hilos de Ariadna, las denominadas fuerzas débil y fuerte. ¿Qué forma tiene el rizoma que las une? ¿Acaso forman ellas el nudo con que se teje a ciegas el intrincado origen del universo?
En el portón de lo macro asoma el camino hacia lo abismalmente cósmico, tal vez lanzados a la suerte de los dados, liados por las sogas de las fuerzas gravitacional y electromagnética. ¿Acaso forman ellas el nudo con el que también se teje a ciegas el indecible destino del universo? Cada galaxia es apenas una pequeña puerta en el intrincado laberinto del cosmos. Escaleras arriba nos asustan, entre otras, la implacable voracidad con la que los agujeros negros engullen la fábrica multidimensional en las vecindades de sus enigmáticos hoyuelos. ¿A dónde conduce lo profundo de su interior? ¿Cuántas las dimensiones que derivan de nuestra primitiva y limitada percepción espacio-temporal?
Hace ya un buen tiempo alguien comparó nuestra cabeza con un huevo. Dentro del cascarón una masa vaga e indeterminada. La casa del alma donde los jugos del espíritu animaban nuestra existencia. Hoy develamos allí, en lo que aún resulta ser un difuminado juego de luces y de sombras, algunas de las funciones, localizaciones e interacciones que tienen lugar en medio de lo inextricable que ha resultado ser nuestro cerebro. Senderos que se bifurcan al paso, mientras avanzamos en el entendimiento del funcionamiento de nuestra mente. Cada ramificación un delgado túnel que, interconectado a una miríada de puertas, configura quizás el más complejo de los laberintos existentes en el universo.
También nuestro planeta, en su superficie, se nos aparece como un cascarón cuyo interior está por ser revelado. Los expertos señalan que aún falta por explorar más del noventa y nueve por ciento del volumen de la tierra. Conocemos mucho más sobre el espacio exterior que lo que sabemos sobre la constitución íntima de nuestro planeta. Julio Verne en “Viaje al Centro de la Tierra” nos condujo por su laberinto de ficción. Apenas si adivinamos la configuración de su superficie y de su estructura interna pero la realidad es que nadie ha podido incursionar en su interior más allá de unos pocos kilómetros. Este pareciera ser un laberinto de puertas selladas en donde apenas si adivinamos la vaga forma de sus caminos escuchando el eco de las sondas tras el cascarón que le cubre.
Al sumergirnos en la búsqueda del origen y el sentido de nuestra existencia, a las puertas mismas de la lógica de la vida, nos sumimos en el túnel del tiempo. No somos, vamos siendo en ese permanente devenir en el que en cada interacción con nuestro entorno lo transformamos y nos transformamos. Al cruzar cada vano abierto en la pared vamos siendo ese otro en el camino de la existencia. Cultura y lenguaje, hasta en las más íntimas fibras de nuestro ser. ¿De qué otra manera denominar a esa doble hélice que hoy define el motor de nuestra esencia corporal? Acercándonos al centro del laberinto, donde habita el Minotauro, nos vamos haciendo visibles, nuestro genoma expuesto al riesgo de sus afiladas astas.
Del átomo al cosmos, por las rutas de nuestro entorno, y en las fibras de nuestro ser, el quehacer de la ciencia se configura finalmente como un espacio rizomático de múltiples andaduras. Con el transcurrir de los siglos avanzamos en él, milímetro a milímetro, sintiendo que cada nueva puerta que se abre conduce a otra calle, espacio de conjeturas potencialmente infinito. ¡Eh ahí el laberinto, el laberinto de la ciencia!
Siempre nos han sorprendido los laberintos. Los míticos, como El Laberinto de Creta mandado a construir por el Rey Minos, y las múltiples realizaciones que de ellos han sido plasmadas en la literatura. De las más conocidas, las de Borges. Bien sabido es que junto con los espejos, las bibliotecas y los sueños, los laberintos fueron su obsesión. En El Aleph, 1949, entre “La casa de Asterión” y “Los dos reyes y los dos laberintos”, asoma la infinitud del espectro de este universo con que arrostramos nuestra existencia.
Igual que la intricada red de muros y puertas resulta ser desafiante la multiplicidad de espejismos, reflejo fantasioso sobre las arenas del desierto, que retan al aventurero osado al intentar regresar tras las difuminadas huellas de sus pasos. Muchos otros son los laberintos que afrontamos a diario. El mar para el naufrago, el cielo estrellado para el enamorado, Las mil y una noches para el rey Shahriar, o el gris de la niebla en medio de la tormenta. Y que decir de otros tantos como el laberinto del tiempo o el del hombre ante la guerra y el del hombre ante el conocimiento.
La primera mirada inquisidora del ser humano sobre su espejo, sobre si mismo, dio lugar a una primera pregunta sobre el sentido de nuestra existencia haciendo visibles con ello, de repente, los muros, las escaleras y las puertas de lo que hoy constituye el laberinto de la ciencia. Como en el laberinto griego, el de Teseo, nuestro sueño es poder llegar al centro y enfrentar al Minotauro, la verdad última sobre la lógica de nuestra existencia. Pero la realidad es que hoy nos encontramos frente a múltiples callejones sin salida. En términos de la concepción sobre los laberintos, nuestra situación se asemeja, en principio, a la de un laberinto manierista donde cada una de sus rutas está representada por cada uno de los frentes de trabajo que acomete hoy día la ciencia. Tantas puertas e ilaciones como preguntas nos hacemos.
Abierta una puerta, asoma un muro. Fragmentado el átomo, deviene la vislumbre de los electrones, protones y neutrones. Tras de sus salientes han emergido los quarks y tras ellos ahora despuntan los pequeños, vibrantes y envolventes strings. ¿Qué portón se anuncia tras estos nuevos muros? ¿Qué tan distantes nos hallamos de la salida? Pareciera que hacia el centro del laberinto nos guiaran, como tensos hilos de Ariadna, las denominadas fuerzas débil y fuerte. ¿Qué forma tiene el rizoma que las une? ¿Acaso forman ellas el nudo con que se teje a ciegas el intrincado origen del universo?
En el portón de lo macro asoma el camino hacia lo abismalmente cósmico, tal vez lanzados a la suerte de los dados, liados por las sogas de las fuerzas gravitacional y electromagnética. ¿Acaso forman ellas el nudo con el que también se teje a ciegas el indecible destino del universo? Cada galaxia es apenas una pequeña puerta en el intrincado laberinto del cosmos. Escaleras arriba nos asustan, entre otras, la implacable voracidad con la que los agujeros negros engullen la fábrica multidimensional en las vecindades de sus enigmáticos hoyuelos. ¿A dónde conduce lo profundo de su interior? ¿Cuántas las dimensiones que derivan de nuestra primitiva y limitada percepción espacio-temporal?
Hace ya un buen tiempo alguien comparó nuestra cabeza con un huevo. Dentro del cascarón una masa vaga e indeterminada. La casa del alma donde los jugos del espíritu animaban nuestra existencia. Hoy develamos allí, en lo que aún resulta ser un difuminado juego de luces y de sombras, algunas de las funciones, localizaciones e interacciones que tienen lugar en medio de lo inextricable que ha resultado ser nuestro cerebro. Senderos que se bifurcan al paso, mientras avanzamos en el entendimiento del funcionamiento de nuestra mente. Cada ramificación un delgado túnel que, interconectado a una miríada de puertas, configura quizás el más complejo de los laberintos existentes en el universo.
También nuestro planeta, en su superficie, se nos aparece como un cascarón cuyo interior está por ser revelado. Los expertos señalan que aún falta por explorar más del noventa y nueve por ciento del volumen de la tierra. Conocemos mucho más sobre el espacio exterior que lo que sabemos sobre la constitución íntima de nuestro planeta. Julio Verne en “Viaje al Centro de la Tierra” nos condujo por su laberinto de ficción. Apenas si adivinamos la configuración de su superficie y de su estructura interna pero la realidad es que nadie ha podido incursionar en su interior más allá de unos pocos kilómetros. Este pareciera ser un laberinto de puertas selladas en donde apenas si adivinamos la vaga forma de sus caminos escuchando el eco de las sondas tras el cascarón que le cubre.
Al sumergirnos en la búsqueda del origen y el sentido de nuestra existencia, a las puertas mismas de la lógica de la vida, nos sumimos en el túnel del tiempo. No somos, vamos siendo en ese permanente devenir en el que en cada interacción con nuestro entorno lo transformamos y nos transformamos. Al cruzar cada vano abierto en la pared vamos siendo ese otro en el camino de la existencia. Cultura y lenguaje, hasta en las más íntimas fibras de nuestro ser. ¿De qué otra manera denominar a esa doble hélice que hoy define el motor de nuestra esencia corporal? Acercándonos al centro del laberinto, donde habita el Minotauro, nos vamos haciendo visibles, nuestro genoma expuesto al riesgo de sus afiladas astas.
Del átomo al cosmos, por las rutas de nuestro entorno, y en las fibras de nuestro ser, el quehacer de la ciencia se configura finalmente como un espacio rizomático de múltiples andaduras. Con el transcurrir de los siglos avanzamos en él, milímetro a milímetro, sintiendo que cada nueva puerta que se abre conduce a otra calle, espacio de conjeturas potencialmente infinito. ¡Eh ahí el laberinto, el laberinto de la ciencia!

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